Destino. Un relato sobre la soledad y la dependencia.

4–6 minutos

Escrito por Adrián Valerio

Destino, un unipersonal dirigido e interpretado por Sandra Martínez Nicolini, presenta una reflexión sobre la soledad, la dependencia y la vulnerabilidad en en la la v vejez. Durante aproximadamente 45 minutos, conocemos a Trini, una mujer mayor que, mientras enfrenta las dificultades propias de esta etapa de la vida, encuentra en un pequeño polluelo una nueva fuente de compañía.

Fotografía Adrián Valerio



La historia comienza sin demasiados preámbulos: Sandra entra directamente en la vida cotidiana de Trini y es suficiente con su gesticulación y su trabajo corporal para que el espectador comprenda quién es esta mujer y en qué momento de su vida se encuentra. La trama avanza rápidamente hasta introducir el conflicto central: Trini encuentra un pequeño polluelo y establece con él un vínculo que despierta emociones y decisiones profundamente humanas.

Lo interesante es que la dependencia que plantea la obra no necesita desarrollarse entre dos personas. Trini puede proyectar su necesidad de compañía sobre un animal y, en otros escenarios, sobre un objeto o cualquier otra presencia que pueda llenar el vacío de la soledad. El polluelo funciona entonces como algo más que un personaje: se convierte en una representación de aquello que que Trini necesita conservar para no volver a estar sola.

Uno de los mayores aciertos de Destino es precisamente la interpretación de Sandra Martínez Nicolini. La media máscara, lejos de limitarla, se convierte en una herramienta para construir a Trini. El movimiento de la boca, sus gestos y sus manierismos permiten reconocer su edad y, sobre todo, su estado de vulnerabilidad. El cabello y los ojos de la máscara, así como la vestimenta descuidada complementan esta construcción, pero es el trabajo corporal el que termina de darle vida al personaje.

Esto adquiere todavía mayor importancia porque se trata de un unipersonal sin diálogo convencional. Los gritos, cantos y chillidos sustituyen las palabras y permiten transmitir las emociones de Trini sin recurrir a explicaciones. La historia se vuelve comprensible a través del cuerpo y del sonido.

En este último aspecto, el trabajo de Félix Bailón Salgado resulta fundamental. Su música y diseño sonoro pueden entenderse prácticamente como un segundo personaje: su intervención hace existir al polluelo y completa el espacio dramático. Los sonidos producidos con objetos como madera, abanicos y una escofina contribuyen a construir el universo sonoro de Trini y refuerzan la cercanía de la obra con el espectador.

La iluminación complementa esta construcción. Lo que podemos interpretar como un bosque, en el que se desarrolla la historia, adquiere una atmósfera otoñal que acompaña la evolución de la relación entre Trini y el polluelo y permite entrar y salir de su espacio dramático. Es uno de los elementos que, en conjunto con el sonido, aporta incluso una sensación cinematográfica a la puesta en escena.

Fotografía: Adrián Valerio

El ritmo es otro de los aciertos. La obra comienza sin una introducción extensa y nos coloca
inmediatamente en las acciones de Trini. En lugar de detenerse a explicar quién es o qué le
ocurre, permite que el espectador lo descubra mediante la actuación. La duración de la obra
favorece esta decisión y evita que la propuesta se prolongue más de lo necesario.

Fotografía: Adrián Valerio

El minimalismo de la puesta en escena, sin embargo, podría beneficiarse de algunos
elementos adicionales de utilería. No considero necesario llenar el escenario, pero un par
de objetos físicos podrían haber complementado el trabajo corporal de Sandra y enriquecido
el espacio que habita Trini. Es una observación menor, pero creo que habría fortalecido
algunos momentos de la obra sin alterar su estética.
Por otro lado, es necesario agregar que Trini es una mujer frágil, pero también resiliente.
Continúa intentando encontrar compañía y, aun después de perderla, parece dispuesta a
volver a empezar. El problema aparece cuando esa capacidad de insistir se convierte en la
necesidad de retener al otro; y es ahí donde Destino encuentra su conflicto más poderoso:
en la diferencia entre necesitar compañía y pretender poseerla.
Aunque la obra parte de la vejez, su reflexión trasciende esa etapa de la vida. La soledad, el
apego y la dependencia pueden aparecer en cualquier momento, aunque la vulnerabilidad
de Trini les otorgue una dimensión particular. Quizá mientras somos jóvenes no pensamos
lo suficiente en la posibilidad de llegar a necesitar compañía de esa manera.
Al terminar la obra me quedé con una sensación de temor. No por lo que ocurre en escena,
sino por la posibilidad de que una necesidad tan humana como buscar compañía pueda
transformarse en el deseo de retener. Destino deja así una pregunta difícil de ignorar: ¿qué
ocurre cuando nuestro miedo a estar solos comienza a dañar aquello que queremos
conservar?
Por eso Destino merece ser vista. No porque sea una obra perfecta, sino porque consigue
convertir una premisa sencilla en una reflexión sobre una necesidad profundamente
humana. Nos invita a reconocer cuándo nuestro deseo de estar acompañados puede
convertirse en dependencia y, sobre todo, a preguntarnos si todavía sabemos acompañar
sin intentar retener.
Al final, quizá esa sea la pregunta que permanece después de que las luces se apagan:
¿cómo podemos aprender a estar con alguien sin convertir su presencia en algo que
necesitamos poseer?
Si quieres descubrir cómo Sandra Martínez Nicolini construye este pequeño universo a
través del cuerpo, la máscara y la música en vivo, todavía estás a tiempo de acompañar a
Trini en su historia.
Destino se presenta del 28 de agosto al 6 de septiembre, los viernes, sábados y domingos a
las 20:00 horas, en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico. Una obra breve, íntima y
conmovedora que vale la pena experimentar en vivo.

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